martes, 5 de julio de 2011

Cuando el que recibe las lecciones es el "profe"



Dentro de los regalos que me ha dado el compartir el Origami en mi ejercicio docente podría citar teorías interesantes para muchas investigaciones, pero el regalo más hermoso de todos vino de las manos inquietas, creativas y a veces sucias, de un niño.

Fue en una ocasión en la que compartía talleres en las instalaciones de una ONG en el barrio Bosa Centro, en particular me gustaba este programa porque, a diferencia de la mayoría de los programas disponibles para las poblaciones vulnerables, en este buscábamos prevenir que los niños y niñas fueran parte de fenómenos como el pandillismo o el trabajo infantil.

Tuve la fortuna de que mi taller fuera del gusto de los niños, ya que era la oportunidad para crear juguetes de manera creativa y a bajo costo. El único inconveniente era que los grupos “rotaban” mucho, lo cual significa en términos sencillos que los niños que recibían el taller siempre eran diferentes ya que algunos conseguían cupo en las instituciones educativas, se mudaban del barrio o conseguían familiares o amigos que se hiciera cargo de ellos en su tiempo libre, esto significaba que frecuentemente era necesario comenzar el proceso de cero y repetir los modelos que ya habíamos aprendido en sesiones anteriores.

A pesar de esta rotación, no era raro que algunos niños asistieran regularmente al programa, y fue uno de ellos quien justamente, me enseño lo que significa ser profesor, pero sin más preámbulos, vayamos a la historia:

El niño en mención cuyo nombre se me perdió en el tiempo, era muy habilidoso para comprender el origami, generalmente terminaba sus figuras primero que los demás niños o hacia “ejércitos” de figuras repitiendo varias veces el modelo del día, como nunca falto a mi clase llego un momento en que ya conocía la mayoría de la figuras que hacíamos, y fue así como un día, con el desparpajo propios de un niño inquieto me dijo con franqueza:

“Profe… A lo bien yo ya se me las figuras que uste`enseña, yo veo que tiene libros en la maleta, ¿Me presta uno? Es que no quiero repetir lo que ya se me”

Debo reconocer que escuchar eso no me hizo gracia y que la acción que tome ante esta petición fue motivada por mi orgullo herido…

Así que quieres un libro? Ya te lo tengo

Y saque de mi maleta unas fotocopias que tenían el modelo de un carro que me tomo 2 años entender y una noche de insomnio desarrollar, y se las entregue al niño con dos hojas tamaño carta y unas tijeras…

"Aquí tienes (le dije) que te diviertas (con una sonrisa de picara crueldad)"

Antes de que juzgues mi acción (a todas luces mala y que de hecho luego confesé al párroco de mi iglesia) lo que paso fue una linda sorpresa, luego de dos horas de alegre y concentrado trabajo… ¡El niño termino la figura! Y me sonrió agradecido porque había aprendido un juguete nuevo.

Ese día, luego de que me quede solo en el salón me di cuenta de que esta situación me había enseñado que un envidioso no puede ser maestro ya que si bien es cierto que los profesores somos el marco de la enseñanza, los niños son sin lugar a dudas la pintura, y que aunque el marco es importante, es la pintura la que debe lucir.

Luego de confesar mi mala acción, tome la amable costumbre de llevar siempre libros a mis talleres, esta vez con el animo de compartirlos y no de presumirlos. Gracias a eso, no solo el niño del cuento, sino que también los otros niños se alegraron mucho ya que podían elegir que figuras querían hacer y no solo las que le gustaban al “profe”, y vi a muchos niños convertirse en pequeños “profes” para si mismos, y gracias a eso las manos del “profe” grande, estaban libres y disponibles para compartir con mas niños que precisaban de mas ayuda.

Desde entonces, y aunque algunos textos se han ajado, roto o incluso se han perdido, en sus hojas gastadas me traen el recuerdo de aquel niño de Bosa, que me mostro que el conocimiento, la enseñanza e incluso la democracia no son el ejercicio del poder, son el ejercicio del compartir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario